LECCIÓN 7.4
La ciudadanía en el Ecuador se define fundamentalmente como el vínculo jurídico de derechos y deberes que une a las personas con la República. A lo largo de la historia nacional, este concepto ha experimentado una notable expansión, pasando de ser un privilegio restrictivo a un derecho universal. En los inicios de la República, en 1830, la ciudadanía estaba limitada a varones mayores de 21 años que supieran leer y escribir, y que poseyeran propiedades o ingresos permanentes.
El camino hacia la democracia inclusiva estuvo marcado por hitos cruciales: la eliminación del requisito de propiedad en 1861, el reconocimiento del voto femenino en 1928 —gracias a la lucha de Matilde Hidalgo de Procel— y la concesión del voto a personas analfabetas en 1978. Finalmente, las Constituciones de 1998 y 2008 consolidaron la ciudadanía universal, estableciendo que todos los ecuatorianos son ciudadanos sin distinción de propiedad, género o etnia.
Esta visión renovada posiciona a la ciudadanía como el elemento que nos hace iguales, garantizando la unidad nacional por encima de las diversidades étnicas, religiosas o socioeconómicas. No obstante, ser ciudadano pleno implica tres dimensiones esenciales: contar con derechos civiles (libertad individual), políticos (participar en decisiones públicas) y sociales (acceso a salud, educación y bienestar).
Para que la democracia sea real, debe existir justicia social; la pobreza extrema es considerada un atentado contra los principios democráticos. Por ello, la ciudadanía actual demanda no solo elegir autoridades, sino también ejercer un control sobre el Estado, cumplir con las obligaciones sociales y trabajar activamente para que todos tengan acceso a una vida digna y a una redistribución equitativa de la riqueza.
